En la ciénaga de Mallorquín, en Barranquilla, la arquitectura deja de entenderse como una barrera entre ciudad y naturaleza para convertirse en un puente de reconciliación entre ambas. A través de una pasarela flotante de siete kilómetros, el proyecto propone una nueva manera de habitar y proteger el paisaje: una experiencia donde la conservación ambiental, el espacio público y el encuentro ciudadano convergen en un modelo de urbanismo sensible, regenerativo y profundamente ligado al territorio
El urbanismo es un arte que, como muchas otras disciplinas, ha evolucionado en función del bienestar real de la población. Uno de los conceptos que más se ha transformado —y con razón— es el de la protección entendida como aislamiento o restricción. Hoy, en cambio, la protección se concibe como una forma de apropiación colectiva de aquello que posee valor. La idea ya no consiste en levantar cercas interminables y multiplicar los letreros de “prohibido pasar”, sino en crear espacios que permitan a la comunidad comprender, recorrer y cuidar los ecosistemas que la rodean mediante equipamientos urbanos capaces de propiciar una relación armónica entre el usuario y las áreas de conservación.
Barranquilla ha tenido una gran historia intentando domar la desembocadura del río Magdalena en el mar Caribe. Como respuesta después de una larga travesía nace el tajamar de Bocas de Cenizas, infraestructura que, a su vez, dio origen a la ciénaga de Mallorquín. Sin embargo, el abandono convirtió el lugar en un territorio de profunda degradación ambiental: la tala ilegal, el mal manejo de residuos y el tráfico de drogas comenzaron a apropiarse del área. Con frecuencia, este es el destino de los espacios aislados dentro de las ciudades.
Con el propósito de preservar la riqueza natural del ecosistema y delimitar su borde para evitar futuros procesos de expansión urbana que profundizaran el deterioro ambiental, se plantea la construcción de un límite que, al mismo tiempo, funciona como puerta de acceso. Un borde vivo capaz de mediar entre la flora y la fauna y la vida urbana de Barranquilla.
El proyecto se desarrolla como una pasarela flotante de siete kilómetros que atraviesa el paisaje natural y se transforma según las condiciones del entorno y sus distintos usos. De ella emergen volumetrías ligeras que no compiten con el paisaje; por el contrario, lo enmarcan y albergan programas específicos. Se trata de un sistema modular de recorridos al que se incorporan formas geométricas inspiradas en las formas naturales del lugar. Casi toda la intervención se encuentra sobre el agua: únicamente el diez por ciento ocupa áreas previamente deforestadas o caminos ya tatuados sobre la tierra, garantizando así la conservación ecosistémica.
El programa incluye el loop de avistamiento de aves, el sendero jardín flotante junto a las gradas de contemplación, el loop principal conectado con la plaza cívica y de lectura, un parque infantil, diversos senderos, un muelle flotante, piscina, estación de ingreso, graderías de playa y una zona de ciclomontañismo. A través de estos espacios, los arquitectos proponen distintas formas de interacción con el agua y el paisaje.
Más allá de convertirse en un punto de encuentro ciudadano, el ecoparque se consolida como un modelo de turismo regenerativo que promueve experiencias educativas, culturales, corporativas y ambientales. Entre ellas se encuentran la exploración ecológica guiada, el avistamiento de aves, la educación ambiental y territorial, el senderismo, el kayak, la exploración acuática y los encuentros empresariales orientados al bienestar corporativo. Al mismo tiempo, el proyecto se convierte en sustento económico para diversas familias de la comunidad.
En términos materiales, se optó por la madera inmunizada, ya que uno de los lineamientos principales del proyecto impedía el uso de concreto. Estructuralmente, la madera se transforma en pilotes enterrados hasta cuarenta y cinco metros de profundidad y, en su expresión superficial, dialoga de manera integral con el paisaje, generando una percepción visual continua y holística.
En una época en la que las ciudades enfrentan el desafío de reconciliarse con sus ecosistemas, el ecoparque de la ciénaga de Mallorquín demuestra que la arquitectura y el urbanismo pueden convertirse en herramientas de restauración ambiental y transformación social. Más que una infraestructura de contemplación, el proyecto redefine la relación entre naturaleza y ciudadanía al sustituir el aislamiento por la experiencia, el recorrido y el aprendizaje colectivo. La intervención no solo protege un territorio de alto valor ecológico, sino que también construye nuevas formas de habitarlo, entenderlo y preservarlo, consolidándose como un modelo de integración sostenible entre paisaje, comunidad y ciudad.
El Equipo Mazzanti, DEB Architecture
Escrito por María Carla Flórez Jiménez desde BOGOTÁ D.C.
Fotografías de Sitio Estudio
Fotografía de Sitio Estudio








