En el municipio de Fredonia, Antioquia, la Casa de Reforestación Lamarilla diseñada por Quena Margarita Gonzalez Escobar y Juan David Hoyos Taborda, ganadora del premio Lápiz de Acero en el 2024, propone un módulo de vivienda replicable en zonas de reforestación que permite un refugio priorizando el entorno natural y recordando que habitar también puede significar recuperar
Construida en 2023 en el municipio de Fredonia, Antioquia, esta vivienda de 67 metros cuadrados se implanta a 1.440 metros sobre el nivel del mar, en un terreno inclinado donde confluyen distintas condiciones ambientales: escorrentías, una quebrada, una zona inundable y un área boscosa. Diseñada por los arquitectos Quena Margarita Gonzalez Escobar y Juan David Hoyos Taborda, la casa recibió el premio Lápiz de Acero en 2024.
En un territorio transformado por la deforestación asociada a la ganadería, los cultivos y la minería, el proyecto propone una arquitectura comprometida con la regeneración del paisaje. Su implantación busca reducir al mínimo la ocupación del suelo, permitiendo que la vegetación recupere el espacio bajo la vivienda y que la naturaleza conserve su protagonismo. Para ello, la construcción se eleva sobre una estructura de madera y arcilla, generando una plataforma ligera que parece flotar sobre el terreno.
Más que establecer una separación entre interior y exterior, la casa se concibe como una pasarela semi cubierta que ofrece refugio sin interrumpir la relación con el entorno. Su diseño abierto permite habitar el paisaje bajo techo, manteniendo el contacto con la vegetación, la iluminación, la ventilación y las condiciones naturales del lugar. La vivienda responde así a una doble intención: ofrecer protección, especialmente durante la noche, y convertirse en un modelo replicable en territorios donde la conservación y la reforestación sean objetivos prioritarios.
La flexibilidad espacial es otro de sus principios. La ausencia de divisiones interiores rígidas en las zonas de mayor área permite integrar distintos usos y ampliar los espacios hacia el exterior. En el primer nivel se encuentran la cocina, la sala, el baño —organizado en áreas independientes para el lavamanos, el inodoro y la ducha—, el balcón y un deck de madera que funciona como punto de llegada desde el sendero peatonal que nace desde la parte baja del lote. La habitación se dispone en un altillo, aprovechando la altura interior y liberando el nivel inferior para las zonas comunes.
La materialidad refuerza el vínculo con el entorno y la búsqueda de sostenibilidad. La estructura de madera, la cubierta de teja plana de arcilla y el uso de materiales renovables contribuyen a una expresión sencilla y coherente con el paisaje. Los detalles amarillos introducen acentos de color que contrastan con los tonos cafés de la madera y el verde circundante.
La cubierta, cuya geometría evoca el Cerro Bravo, referente geográfico de la región, establece un vínculo visual con el territorio y se enmarca desde el balcón de la fachada suroccidental. De esta manera, la casa no busca imponerse sobre el paisaje, sino integrarse a él mediante una ocupación limitada, una estructura ligera y espacios abiertos que hacen de la arquitectura un instrumento para el cuidado de la naturaleza.
Esta vivienda demuestra que la arquitectura puede ser parte de la regeneración del paisaje y no de su transformación. Al reducir su huella y elevarse sobre el terreno, propone una forma de habitar que ofrece refugio sin desplazar a la naturaleza. Más que construir sobre el territorio, el proyecto plantea una idea esencial: habitar también puede significar dejar espacio para que el ecosistema se recupere.
Quena Margarita Gonzalez Escobar, Juan David Hoyos Taborda
Escrito por María Carla Flórez Jiménez desde BOGOTÁ D.C.
Fotografías de Alejandro Arango
Fotografía de Alejandro Arango









