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Entrevistas exclusivas Arquitectura y Empresa: Carlos Salazar Arquitectos

Entrevistamos a Carlos Salazar, arquitecto valenciano con un enfoque muy personal hacia las empresas dedicadas a la Gastronomía y la cultura; conocemos las soluciones arquitectónicas que aportan a través de BartolíLab, uno de sus últimos proyectos  

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Entrevistamos a Carlos Salazar, arquitecto valenciano con un enfoque muy personal hacia las empresas dedicadas a la Gastronomía y la cultura; conocemos las soluciones arquitectónicas que aportan a través de BartolíLab, uno de sus últimos proyectos  




¿Cómo definiría su arquitectura? ¿Existe una cualidad común que la identifica?



En cuanto al diseño nuestro trabajo se basa en la idea de paisaje y el azar. La percepción de todo lo que nos rodea lo percibimos desde nuestra subjetividad y desde el movimiento, no somos cámaras fijas. Nos gustan los espacios ricos y sugerentes que nos ofrecen visiones variadas cuando las habitamos, también en los exteriores.



Dos cualidades nos identifican, prestamos mucha atención a la luz natural teniendo en cuenta cómo cambia a lo largo del día y en la artificial tenemos en cuenta como apoyo a la lectura del espacio y de las necesidades que requieren. La segunda es la utilización de la geometría de manera libre, por esa idea de paisaje, lo cual hace que los errores en obra se minimicen.





A la hora de relacionarnos con las empresas, ¿Qué nivel de acuerdo existe entre las propuestas iniciales y los resultados? ¿Han funcionado correctamente las primeras hipótesis o es la empresa la que os aporta la solución óptima?



La relación siempre ha sido buena. Siempre tenemos claros los objetivos finales del proyecto, pero no son proyectos cerrados. No tenemos ningún problema incorporar las sugerencias de otros profesionales que puedan ofrecernos puntos de vista diferentes o no previstos en todos los sentidos. Me refiero sistemas de construcción, funcionalidad, economía, materiales, tecnología, etc. Consideramos a las empresas colaboradores necesarios y no simplemente como proveedores de servicios, nos interesa que el proyecto y la obra se nutra de sus fortalezas.





En la localidad de Palmera –entre Gandía y Oliva– en un enclave rodeado de huertos de naranjos encontramos la Todolí Citrus Funadació, en donde se desarrolla un proyecto complejo y ambicioso que engloba cultura, gastronomía, investigación y conservación paisajística en un espacio que nació de la inquietud de preservar el entorno medioambiental del hogar familiar de Vicent Todolí, amenazado por la vorágine urbanizadora de hace algunas décadas y frente a la que respondió creando una Fundación en forma de colección citrícola, la más grande del mundo a cielo abierto, con cerca de 400 especies diferentes adquiridas durante los últimos años.



El Bartolí-Lab es un edificio pensado como cocina y centro creativo para la Fundación Todolí Citrus. Recibe el nombre de la partida rural de la localidad de Palmera donde el comisario artístico Vicent Todolí ha ubicado su proyecto. En su epicentro, la antigua casita de aperos ha dado paso a un liviano edificio, una pequeña joya arquitectónica. Una “probeta” del paisaje cítrico valenciano concebida como espacio de investigación gastronómico. Un Proyecto del estudio de Carlos Salazar que ha contado con la colaboración del gran chef Ferrán Adrià.





Un laboratorio gastronómico donde los chefs pudieran experimentar con los cítricos y todas las posibilidades que ofrece su cultivo. Se acabó aunando la investigación culinaria en el terreno, lo que viene a significar ir al huerto, probar cítricos y empezar a elaborar platos; con una cuestión cercana al paisajismo y la reivindicación del entorno rural desde una nueva óptica.



En los exteriores e interiores del laboratorio cocina se perciben detalles como la liviana estructura que sostiene el ensamblaje de los dos cuerpos de la cubierta en voladizo, así como la permeabilidad lumínica que se consigue con las ventanas-lucernarios y los grandes vanos de las paredes. El equipamiento culinario, por lo demás, está preparado para obtener una gran movilidad.





La comprensión entre los actores del proyecto fue inmediata. Se trataba de poner el acento en la creatividad, en aportar algo de investigación y nunca buscar soluciones convencionales. Remarcar la conexión entre cultura, gastronomía, investigación con valores de futuro y un paisaje a conservar en un espacio protegido –no se puede construir– donde tan solo había una pequeña preexistencia, es la que se aprovechó para introducir una edificación infrecuente: un pabellón completamente integrado en el huerto.





La particularidad del proyecto surgió a la hora de abordar el diseño de una cocina absolutamente móvil que fuera a la vez laboratorio y comedor en donde los elementos de esa cocina en un momento dado pueden desaparecer – ser guardados para hacer un acto–, o incluso sacarse para cocinar en el exterior. El resultado es un espacio cuyos requerimientos son poder trabajar, cocinar, elaborar productos relacionados con los cítricos, realizar eventos, charlas y que fuera tanto un comedor interior como exterior. Un aspecto muy importante que se ha tenido en cuenta en la fuerza de la luz natural del lugar. El edificio del laboratorio cuenta con unos grandes voladizos que suavizan el ambiente lumínico interior y que en una lateral genera un porche donde se realizan comidas al exterior junto a uno de los huertos de cítricos.





La construcción se ha realizado sobre un antiguo almacén que se encontraba en un estado muy precario. El resultado final se muestra grácil, funcional, luminoso, cuyo juego de geometrías arriesgadas provoca una sensación cercana al organicismo, lo que se acrecienta por su armoniosa presencia en el centro de los huertos. La construcción tiene un indisimulado aire californiano, Este laboratorio asume todas esas cualidades artísticas y además muestra con sutileza la eficacia de una estructura de finos pilares, cerchas, ventanales y cerramientos que nos señalan los valores de una arquitectura culta y recuerdan los californianos balloon frame –armazones de bastidores– con los grandes voladizos de la arquitectura de  los pabellones japoneses que proporcionan una necesaria sombra en el exterior y una amable luz en su interior.



Y el producto de aquella inquietud son cítricos, investigación, cocina, cultura y arquitectura traducidos en este pabellón específico en plena naturaleza valenciana. Un lugar de futuro y experimentación.





¿Puede contarnos alguna anécdota sobre el proyecto BartolíLab?



Del desarrollo del proyecto del BartolíLab tenemos muchas anécdotas, pero las más remarcable fue cuando Ferràn Adriá vino a visitar la obra del y nos dio un vuelco el corazón. Empezamos la obra como un almacén de productos elaborados y de maquinaria agrícola. Cuando la estructura y los cerramientos estaban terminados, en un momento de iluminación, nos dijo que aquello debía ser un laboratorio gastronómico con amplias ventanas para ver el paisaje, hubo que replantearse todo desde la base. Su visión y razonamiento eran incuestionables porque enriquecían de manera notable todo el proyecto global que tena previsto la Fundación TodolíCitrus.



Trabajar con él ha sido todo un privilegio y por nuestra manera de trabajar tan flexible pudimos adaptar sin problemas la nueva propuesta.





Debido a este proyecto usted ha tenido relación con un cliente como Vicente Todolí y ha trabajado con Ferrán Adrià, dos personas con un gran bagaje internacional en sus carreras de reconocido prestigio, ¿Ha influido esa relación en su trabajo posterior?



SI, definitivamente. Aprendimos mucho en lo personal y en lo laboral. Ese trabajo se sustentaba sobre un sustrato muy rico y complejo como era la conservación del paisaje cultural basado en los huertos citrícolas siempre desde una mirada ecológica, la investigación de producto derivado de los frutos, la investigación gastronómica con la invitación a cocineros reconocidos, la didáctica de las visitas guiadas, la incorporación del arte a ese paisaje. De todo ello me he llevado una parte, pero resaltaría la parte gastronómica a la que soy aficionado y como mentalidad apostar por nuevos retos, buscar nuevas vías y no quedarse en lo rutinario.





¿Ha tenido la oportunidad de trabajar en esa línea posteriormente?



Esa experiencia nos ha permitido afrontar mentalmente un gran reto cuando nos invitaron a trabajar en la Ciudad Internacional de la Gastronomía de Lyon, situada en el Hotel Dieu en pleno centro de la ciudad. El reto de adaptarnos a un edificio patrimonial con un alto grado de protección nos hizo enfrentarnos a grandes exigencias normativas y de presupuesto de un modo muy creativo aportando soluciones sencillas y que se adataran al carácter del edificio. El área asignada era de unos cuatro mil metros cuadrados y nosotros nos ocupamos de diseñar varios espacios de la Citè, principalmente del vestíbulo, la tienda-cafetería, las oficinas, el networking, y el alma del conjunto que era la cocina y de la sala de degustación. También intervenimos en otros espacios menos protagonistas, pero necesarios para la logística general del edificio.





 ¿Cuál es el último proyecto en el que estáis trabajando? Futuros retos.



Se trata de la intervención en un complejo de edificios que forman parte de una finca muy extensa en la provincia de Toledo. El reto es que las nuevas construcciones convivirán con otras ya existentes, arquitectura desde finales del siglo XIX hasta las actuales han de formar un conjunto coherente y en el que se reconozca cada época. para adecuarlo todo a residencia y a un negocio hotelero y de ocio.



Los retos del futuro son los retos que nos plantea la sociedad y nuestros clientes. Cuidar de la economía del proyecto atendiendo a la materialidad de manera sostenible y la utilización de energías limpias.





Carlos Salazar Arquitectos

Fotografías de Diego Opazo

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